Palabra Profética Agosto “Valentía y Propósito"

Ester 4:14 RV60 Porque si callas absolutamente en este tiempo, respiro y liberación vendrá de alguna otra parte para los judíos; mas tú y la casa de tu padre pereceréis. ¿Y quién sabe si para esta hora has llegado al reino?

PALABRA PROFÉTICA 2026

Pastor Samuel Escoto

8/1/20267 min read

Hay momentos en la historia en los que el destino de pueblos enteros parece descansar sobre la decisión de una sola persona. No porque Dios dependa de los hombres para cumplir Sus propósitos, sino porque, en Su soberanía, ha decidido escribir parte de la historia utilizando la obediencia humana como instrumento de Su voluntad. Así ocurrió con Noé antes del diluvio, con Moisés frente al mar Rojo, con David delante de Goliat y con Daniel en el palacio de Babilonia. Entre todos esos hombres y mujeres que transformaron el curso de la historia bíblica se levanta también la figura de una joven huérfana llamada Ester, cuya vida demuestra que Dios no busca personas extraordinarias para realizar obras extraordinarias; Él toma personas aparentemente comunes y las conduce por caminos inesperados hasta colocarlas exactamente donde Su propósito las necesita.

El libro de Ester posee una característica que lo hace único entre todos los libros de la Biblia. En ninguna de sus páginas aparece mencionado el nombre de Dios. Para muchos lectores superficiales esto podría parecer una omisión sorprendente, casi una ausencia inexplicable. Sin embargo, cuanto más se profundiza en la narración, más evidente resulta que precisamente ese silencio constituye uno de los mensajes centrales del libro. Aunque Dios no habla de manera audible, aunque ningún profeta aparece anunciando Su palabra y aunque no se registran milagros visibles como los ocurridos en el Éxodo o en los días de Elías, Su mano gobierna cada acontecimiento con absoluta precisión. Detrás de cada decisión política, detrás de cada aparente casualidad y detrás de cada circunstancia inesperada, la providencia divina continúa escribiendo una historia que los ojos humanos son incapaces de percibir.

Esta realidad sigue siendo profundamente actual. Existen temporadas en la vida del creyente en las que pareciera que el cielo guarda silencio. Las oraciones parecen demorarse, las respuestas no llegan con la rapidez esperada y las circunstancias parecen desarrollarse sin ninguna intervención sobrenatural. Sin embargo, el Dios que actuó silenciosamente durante los días de Ester continúa trabajando de la misma manera en nuestro tiempo. Él nunca ha dejado de dirigir la historia. Aunque muchas veces no podamos escuchar Su voz, siempre podemos contemplar Su fidelidad cuando miramos el camino recorrido.

Para comprender la grandeza del llamado de Ester es necesario viajar varios siglos atrás. El pueblo de

Israel no se encontraba viviendo los días gloriosos del reinado de David ni la prosperidad alcanzada bajo Salomón. Aquella nación que una vez había sido el orgullo entre los pueblos había sufrido las

consecuencias de su desobediencia. Jerusalén había sido destruida, el templo reducido a escombros y miles de judíos fueron llevados cautivos lejos de la tierra prometida. Lo que parecía el final del pueblo escogido era, en realidad, una nueva etapa dentro del plan soberano de Dios.

Con el paso de los años, el poderoso Imperio Babilónico cayó ante los medos y los persas. Algunos judíos regresaron a Jerusalén para reconstruir el templo bajo el liderazgo de Zorobabel, y posteriormente Esdras y Nehemías continuarían aquella restauración nacional. Sin embargo, una enorme cantidad de israelitas decidió permanecer dispersa dentro del inmenso territorio persa. Allí, lejos de la ciudad santa, viviendo como extranjeros en una cultura diferente, se desarrollaría la historia de Ester.

Resulta significativo observar que Dios no comenzó Su obra cuando Ester llegó al palacio; comenzó

mucho antes, cuando todavía nadie conocía su nombre. Antes de convertirla en reina permitió que

experimentara el dolor de la orfandad. Antes de colocar una corona sobre su cabeza, permitió que

aprendiera el valor de depender completamente de otros. Antes de darle influencia sobre un imperio,

formó en ella un corazón humilde bajo el cuidado de Mardoqueo.

La historia de Ester no comienza con una coronación.

Comienza presentándonos una familia marcada por la ausencia.

“Y había criado a Hadasa, es decir, Ester, hija de su tío, porque era huérfana; y la joven era de hermosa figura y de buen parecer. Cuando su padre y su madre murieron, Mardoqueo la adoptó como hija suya” (Ester 2:7).

Antes de conocer a Ester como reina, la conocemos como hija adoptiva.

Antes del palacio estuvo la casa de Mardoqueo.

Antes de la influencia estuvo el cuidado.

Antes de la hora pública estuvieron los años que la Biblia resume en unas pocas palabras.

Nuestra generación suele admirar el éxito sin interesarse por el proceso que lo produjo. Celebramos la

victoria, pero pocas veces queremos recorrer el camino que conduce hasta ella. Sin embargo, Dios jamás improvisa a los hombres y mujeres que utilizará para transformar la historia. Él primero trabaja en el carácter y después concede la posición. Antes de entregar autoridad, desarrolla humildad. Antes de abrir puertas públicas, fortalece la vida privada. Antes de permitir que alguien influya sobre una nación, le enseña a gobernar su propio corazón.

La vida de Ester confirma este principio de manera extraordinaria. Ninguna de las circunstancias

dolorosas que vivió fue un accidente. La pérdida de sus padres, el exilio de su pueblo, la disciplina recibida en casa de Mardoqueo y hasta el mismo concurso para escoger una nueva reina parecían acontecimientos independientes entre sí. Sin embargo, vistos desde la perspectiva de Dios, todos formaban parte de un mismo plan perfectamente diseñado.

Con demasiada frecuencia nosotros también evaluamos nuestra historia únicamente por los

acontecimientos presentes. Consideramos algunas etapas como pérdidas irreparables y otras como

fracasos injustificados. Sin embargo, el tiempo suele revelar que muchas de aquellas experiencias que tanto nos hicieron sufrir fueron precisamente las herramientas que Dios utilizó para prepararnos para responsabilidades futuras. Hay dolores que únicamente cobran sentido cuando contemplamos el propósito completo.

José nunca habría administrado Egipto sin haber conocido primero el pozo y la prisión. Moisés jamás

habría guiado al pueblo por el desierto si antes no hubiera aprendido a caminar cuarenta años en soledad.

David no habría derrotado a Goliat si primero no hubiera aprendido a proteger ovejas en los campos de Belén. Del mismo modo, Ester nunca habría salvado a toda una nación si antes no hubiera aprendido a depender completamente del cuidado de Dios.

Aquí aparece una de las primeras grandes lecciones para nuestra generación. Vivimos en una cultura que exalta la rapidez, donde todo debe ocurrir inmediatamente. Se buscan resultados instantáneos,

reconocimiento inmediato y plataformas construidas sin procesos. Pero el Reino de Dios continúa

funcionando bajo principios completamente diferentes. El Señor nunca tiene prisa por exponer

públicamente a quien todavía no ha sido formado interiormente. Él sabe que una posición obtenida antes de tiempo puede destruir aquello que aún no ha madurado en el corazón.

Por esa razón, las temporadas de aparente anonimato nunca son tiempo perdido. Mientras el mundo

piensa que nada importante está sucediendo, Dios continúa trabajando donde nadie puede verlo. El

silencio del desierto, la rutina del hogar, los pequeños actos de obediencia diaria y las luchas invisibles del corazón constituyen la verdadera escuela donde se forman los hombres y mujeres que posteriormente influirán sobre generaciones enteras.

Ester experimento cambios sin poder controlar nada:

De un entorno familiar a una estructura desconocida. De la vida entre su pueblo a un ambiente donde debía ocultar su origen. De la protección de un padre adoptivo a la vigilancia de funcionarios imperiales.

Una vez más, la historia cambió sin que ella pudiera controlar todas las condiciones.

Muchos de nosotros reconocemos esa sensación cuando:

Una llamada altera la rutina, un diagnóstico divide la vida entre un antes y un después, una pérdida obliga a comenzar de nuevo, una decisión ajena modifica nuestros planes, una responsabilidad llega antes de que nos sintamos preparados, una puerta se abre, pero al atravesarla descubrimos un mundo que no conocemos. En esos momentos, es natural preguntarnos si hemos perdido el rumbo.

Cuando finalmente Ester llegó al palacio, muchos pensaron que su historia había cambiado por un golpe de suerte. Desde la perspectiva humana parecía haber sido favorecida simplemente por su extraordinaria belleza. Sin embargo, reducir toda la historia de Ester a su apariencia física sería ignorar completamente la profundidad del relato bíblico. La belleza abrió una puerta; el carácter fue lo que la sostuvo dentro del propósito de Dios. Lo que verdaderamente distinguía a aquella joven no era únicamente su rostro, sino la prudencia, la humildad y la capacidad de escuchar consejo. Mientras muchas buscaban destacar por sí mismas, Ester aprendía a esperar el momento correcto y a depender de la dirección de quienes Dios había colocado para orientarla.

Así continúa actuando Dios en cada generación. Él no está buscando personas que solamente llamen la atención por sus talentos, sino hombres y mujeres cuyo carácter pueda sostener el peso de la misión que recibirán. Porque el propósito nunca descansa sobre el talento; siempre descansa sobre un corazón completamente rendido al Señor.

Quizá estás atravesando una temporada escondida. Haces lo correcto y parece que nadie lo nota.

Cuidas a otros mientras tus propios sueños permanecen detenidos. Te preparas, pero la oportunidad no llega. Sirves en un lugar pequeño. Tus días parecen repetirse. No puedo prometerte que después del anonimato llegará una plataforma. Pero puedo recordarte algo mejor:

Cristo está contigo allí, tu vida no comienza a tener valor cuando otros la observan, puedes conocer a

Dios profundamente en esta temporada. Puedes amar, puedes aprender, puedes sanar, puedes servir, puedes desarrollar raíces, puedes permitir que el Espíritu Santo examine motivaciones que el éxito habría ocultado. El anonimato puede convertirse en prisión cuando solamente soñamos con escapar. También puede convertirse en escuela cuando presentamos cada día delante de Dios.No desprecies la fidelidad pequeña. No permitas que la comparación te robe la gratitud. Y no apresures una exposición que tu alma todavía no está preparada para sostener. Dios no ama una versión futura de ti. Te ama ahora.

Su gracia no comenzará cuando alcances una posición. Ya está presente en el lugar donde hoy te

encuentras.

DETERMINACION:

Hoy expresamos nuestra determinación con una oración: Amado Dios forma raíces profundas en mi corazón. Enséñame a amar tu Palabra, recibir corrección, cumplir mis responsabilidades y servir aunque nadie me reconozca. Si algún día me confías una influencia mayor, permite que mi carácter pueda sostenerla. Y si mi servicio permanece lejos de la mirada pública, recuérdame que la fidelidad sigue siendo preciosa delante de ti.

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